Estar en el abismo: una reflexión sobre En la Naturaleza las cosas crecen, de Yiyun Li

Por: Amanda

Hay momentos en los que he tenido que compartir palabras de pésame a amiguess, a personas que amo, y que me he quedado corta, cayendo en el cliché: no hay nada que pueda decir. Pero igual, son palabras que he escuchado ante mis propias pérdidas. En momentos, no podemos intercambiar palabras, sólo nos queda estar.

Entonces, ¿qué puedo decir yo sobre este libro? ¿se puede decir algo, algo que no esté dicho en el libro mismo? ¿Qué se puede decir, ante un testamento tan crudo y personal sobre una tragedia que suena imposible razonar por medio de la palabra?

Yiyun Li escribe En la naturaleza las cosas crecen después de que su segundo hijo, James, se suicidara, casi siete años después de que su primogénito, Vincent, también terminara con su propia vida. Como ella misma dice, parece un suceso que no podría existir ni en una novela. 

Su hijo James, la autora retrata, era una persona analítica, basada en el pensamiento. De esa forma, el libro en sí refleja esa forma de vivir, pues su estilo sigue los miles de hilos de pensamiento que surgieron después de la muerte de James, intercalados siempre con su vida, con el fallecimiento de Vincent y con la vida después de estos sucesos. Aunque por este mismo énfasis en el acto de pensar y en el carácter racional de James el libro carece de arranques emotivos, y aunque no se podría llamar un libro “triste”, para mí es un libro “doloroso”. Uso la palabra con un poco de miedo y precaución. No lo quiero comparar con esas películas trágicas que buscan causar llanto  a modo de catarsis— esas tragedias que buscan limpiarte de las emociones, como si pudieras salir una persona nueva y pura. Pero es el tipo de dolor que te acompaña en el día a día después de la muerte. Del dolor de cuando cuentas una anécdota de tu amiga quien ya no está, cuando escuchas el teléfono sonar en la madrugada, con miedo de que vuelva a ser  una llamada que te cambie, cuando ves un extraño que por unos segundos tiene el mismo rostro que creíste no volver a ver. El libro no es sobre un momento de dolor, sino sobre la pérdida en la cotidianidad; porque ella encuentra la forma de seguir escribiendo, de seguir viendo a sus amigos, de simplemente seguir. Así como todos debemos de seguir.

Hace unas semanas, antes de empezar el libro, estaba pensando en una persona que perdí a los 19 años, durante mi primer semestre en la universidad. Era alguien que me crió, de quien no recuerdo una vida antes de ella. Pero, en contra de todos mis deseos, he tenido que construir una vida después de ella. Que a veces siento que no soy la persona que la vio por última vez, que a veces no quiero seguir, pero debo. De ese dolor habla Yiyun Li, del dolor que implica seguir, pero también de la necesidad de hacerlo. 

Es un libro que se debe (y a veces que solo se puede) leer lento. En el que cada palabra, cada oración tiene el peso del tiempo que se pasa en el abismo. Después de la pérdida de alguien, el tiempo deja de tener el sentido que antes tenía y cada segundo se siente como una tarea sisifiana. Cada capítulo explora un ángulo diferente de ese abismo, como ella le llama a la existencia después de la pérdida. No hay una secuencia lógica de hechos, no hay un aquí, sino un ir y venir de su vida, y de la de sus hijos, de los momentos con los que intenta hacer sentido después de la tragedia. 

Aunque jamás he experimentado el dolor (no el duelo, porque la autora se rehúsa a llamarlo así) retratado en este libro, en los diferentes capítulos encontré fragmentos de las pérdidas que he experimentado. Los policías diciendo —«no hay forma sencilla de decir esto»— hizo eco a la llamada en la que mis amigas me decían —«perdón por soltarte esto así, pero [….]»—. Los amigos de la autora diciendo que el mensaje que les avisaba de la muerte de James no tenía sentido me recordó a mi propia experiencia cuando me enteré de una noticia muy similar. Unos segundos, minutos a veces, en los que no sientes dolor ni angustia porque el lenguaje ha dejado de cobrar sentido, porque las palabras jamás podrán realmente significar el peso, el vacío de la muerte. 

Como dije al inicio de la reseña, ¿qué puedo decir yo sobre este libro? A final de cuentas, después de intentar poner en palabras el dolor que implica leer este libro —un fragmento nada más del dolor que implican estas pérdidas—, realmente no hay nada que decir. Así como después de perder a familiares, a amigos, no hay una palabra que ayude realmente, solo queda, como dice la autora, la aceptación radical de estar en el abismo. Para este libro no hay palabras, solo el estar en él. Acompañar al libro y dejarse sentirse acompañada por él. Aceptar lo que dice la autora. No porque tengamos que ver el dolor de una pérdida igual que ella (por ejemplo, creo que me seguiré aferrando a la palabra duelo porque no conozco otra para nombrar mi dolor), sino porque es una reflexión íntima de su pesar. Porque, y aunque haya visto fragmentos de mis propias pérdidas en sus páginas, y haya encontrado palabras para acompañarme en mi dolor, en mi propio hacer sentido de la muerte y de la vida después de esta, este es un libro sobre aceptación radical. Hay que aceptarlo y hay que sólo ser con él en el abismo, al menos por un segundo.

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