Por Mar Guevara.

La Criatura, el moderno Prometeo o —como la mayoría de la gente le conoce— Frankenstein, es uno de los monstruos más influyentes de la cultura pop. Desde 1818, la historia de Mary Shelley ha viajado a través de generaciones, transformándose en películas, programas de televisión, juguetes, moda y hasta memes. Un ícono tan universal que muches ya lo sentimos parte de nuestro imaginario colectivo.
Este año, Guillermo del Toro retoma este mito con una sensibilidad profundamente humana. Su versión no solo honra la esencia de la novela de Shelley, sino que la actualiza con un corazón narrativo que explora la soledad, la identidad, la violencia heredada y los vínculos que determinan —y a veces destruyen— a una persona.
La dirección de del Toro es magistral precisamente por eso: convierte una historia de horror en un drama emocional donde cada escena, cada gesto y cada silencio construyen un retrato íntimo del abandono y del deseo de pertenencia.
La película nos presenta a Victor Frankenstein, interpretado con una complejidad emocional impresionante: un científico brillante, sí, pero también un joven lastimado, impulsado por su ego y por una herida que lleva desde la infancia. La actuación que Oscar Isaac nos entregó es tan sólida que transmite, incluso en los momentos más fríos, la fragilidad de un hijo que nunca recibió el afecto que necesitaba.
Del Toro lleva esta idea más lejos al mostrar cómo el diseño de producción —con casas amplias, frías, casi vacías— refleja la distancia emocional entre Victor y su padre. Cada espacio contiene un tipo de silencio incómodo, uno que muches reconocemos.
En una entrevista con la creadora de contenido Sandra Miret, del Toro mencionó que la paternidad es una de las claves de esta adaptación. Dijo:
“La mayoría de nosotros nos convertimos en padres, pero seguimos comportándonos como hijos de alguien. No nos damos cuenta del poder simbólico, de la sombra tan enorme que causamos en quienes vienen después de nosotros.”
Esa sombra puede notarse en la película: la fotografía crea un contraste constante entre iluminación cálida para los momentos de aprendizaje o contacto humano, y tonos fríos o verdes cuando Victor se hunde en su obsesión.Es un lenguaje visual que sostiene la narrativa emocional sin necesidad de explicarlo todo con palabras.
Es justamente desde esa sombra que Victor crea a la Criatura. Y aquí la película alcanza uno de sus puntos más brillantes. La interpretación de la Criatura, por parte de Jacob Elordi, essensible, conmovedora y profundamente humana; y se apoya de un maquillaje impresionante y una dirección que privilegia la mirada, el temblor, la respiración, No sería una sorpresa que Elordi se lleve una nominación a mejor actor de reparto en las premiaciones del próximo año.
La Criatura no es un monstruo: es un ser que nace en un entorno hostil, que observa la violencia antes que el afecto, que desea aprender pero no entiende por qué quienes le rodean le miran con miedo. Muchas personas se verán reflejadas en esa confusión: ¿por qué existe tanta hostilidad en un mundo que yo apenas estoy conociendo?
La música acompaña esta sensación sin exagerarla. No es una banda sonora que imponga emociones; es un susurro que abraza la vulnerabilidad de la Criatura, reforzando esa atmósfera melancólica que del Toro domina tan bien.
Mientras la Criatura avanza en su intento por entender el mundo, la película también nos invita a mirar de cerca nuestras propias heridas. El guión no solo adapta un clásico: lo resignifica.
Nos recuerda que les “monstruos” no nacen, sino que son producto de las decisiones, las violencias y las carencias de quienes vinieron antes. Victor no crea una abominación, crea un espejo. Un espejo que, quizás muches, preferirían no mirar.
Como anécdota personal, al salir de la sala del cine no pude evitar pensar en hablar con mis padres. Quise perdonarlos por el daño que alguna vez causaron, disculparme yo por quizá no haber sido una buena hija o incluso por no saber cuál es mi razón de ser en este mundo. Pero aprendí algo hermoso: después del dolor, hay que seguir viviendo, sin importar si nuestra existencia es un “error” o si no sabemos cuál es el siguiente paso. Solo hay que vivir.
Esta nueva mirada a Frankenstein nos recuerda que todes llevamos algo de criatura y algo de creador dentro. Que somos hijes de sombras antiguas, pero también de pequeños gestos de amor que nos sostienen sin hacer ruido. Del Toro nos muestra que lo verdaderamente monstruoso no es la deformidad, sino la indiferencia; y que lo verdaderamente humano nace cuando alguien decide vernos con compasión, aunque lleguemos al mundo rotos, confundidos o llenos de preguntas. En esta historia, el miedo se transforma en ternura, y la soledad en un espejo donde nos reconocemos: vulnerables, imperfectos, buscando un lugar donde por fin podamos decir “aquí estoy” sin temor a ser rechazades.