La experiencia de ser una chica en Palestina existe. Solo tienes que cavar entre los escombros para encontrarla

Por Haya, A Daughter of Pearl

Traducido por Elian G. Mora 

Esmalte de uñas rojo rubí, verde, rosa chicle, amarillo sol y plateado con brillitos.

El verano previo a que empezara la secundaria, cuando dejaba los cómodos confines de la escuela primaria y me arrojaban a un crisol de desodorante Degree, body mist PINK Vacay, Baby Lips y camisetas Aeropostale de la sección de liquidación, mi mamá me dio la noticia de que visitaríamos Palestina, nuestro país de origen. En ese entonces, 2014, estaban sucediendo movilizaciones y disturbios civiles en las ciudades de Gaza y Cisjordania —esta es una forma políticamente correcta de decir que lo que sucedía era «muerte», muchísima, a manos de un estado que todos conocemos. Este estado no será nombrado en mi historia. No con la intención de provocar sino de reclamar. No le daré a un estado que me lo ha arrebatado todo ni a sus partidarios la satisfacción del reconocimiento. 

Para junio del 2014, cientos de personas palestinas ya habían sido asesinadas por ataques aéreos, disparos o palizas. Tan solo unos días antes de nuestra visita, Mohammed Abu Khedir, un adolescente de 16 años, fue secuestrado por settlers, golpeado y quemado vivo. Por ser palestino.   

Se nos enseña desde una edad muy temprana que ese estado se enorgullece de ser la única democracia en el Medio Oriente y que, por lo tanto, defiende sus valores democráticos al garantizar que, independientemente de la edad, género, o religión, todas estemos en igualdad de condiciones para ser asesinadas. Y ahí estaba yo, a punto de entrar al campo de batalla, mientras mis amigas pasaban sus vacaciones en las Bahamas, bronceándose y bebiendo cocos con popotes fluorescentes. Otras viajaban por la carretera atravesando todo el país en autocaravana, haciendo poses divertidas junto al monte Rushmore, colgando los llaveros de cada estado que visitaban en sus mochilas Vera Bradley, pero yo estaría en medio de una violación activa del derecho internacional. No era que necesitara forzosamente un llavero de cada estado, ni que necesitara hacer una cara chistosa al lado de la cabeza de granito de George Washington. Ni siquiera me agrada George Washington y los llaveros son mi souvenir menos favorito (prefiero los imanes). Mi cerebro de niña de 12 años no sabía lo que quería, pero desde luego no era esto. 

أقسم لكِ يا هيا، ستستمتعين كثيراً.

Te lo juro, Haya, te vas a divertir muchísimo.

Mi mamá se esforzó al máximo para convencerme de que este viaje cambiaría mi vida, pero no lo logró. A pesar de todas mis súplicas, mis dramas dignos de un Oscar sobre cómo este viaje no podría llegar en peor momento, y que mi preparación para la secundaria me tomaría meses de anticipación, la travesía comenzó. 

El viaje a Palestina es tumultuoso. No hay aeropuertos en Palestina, han sido bombardeados. La expedición comienza con un vuelo de 15 horas a Ámsterdam, seguido de otro de cinco horas a Jordania, y finaliza con un viaje en coche de seis horas a Tulkarem. Sin embargo, esas seis horas se prolongan a unas ocho una vez que incluyes los puntos de control impuestos por el estado. En estos, tienen derecho a hurgar en tus maletas, interrogarte, robar tus pertenencias e incluso, si están teniendo un mal día, matarte.   

Durante ese tiempo, solía quedarme dormida en el taxi, pero nunca olvidaré despertarme en una carretera excepcionalmente sinuosa, asomarme por la ventana del auto y ver a las vacas y ovejas vagar por las llanuras. Siempre me pregunté si eran libres de moverse a su antojo o si, como nosotras, tenían restricciones sobre dónde podían y no podían moverse. 

Entrar a la tierra de Palestina fue como reencontrarte con tu madre después de un largo día. Te abraza y no te suelta, te aprieta fuerte y susurra al oído lo mucho que te ha extrañado. Sin importar cuánto tiempo hubiera pasado desde la última vez que estuvieron juntas, su calidez compensaba todos los días perdidos.  

Después de instalarnos en el que sería nuestro hogar por los siguientes tres meses, saludando a cada familiar que esperó ansiosamente por nuestra llegada, mi mamá no pudo evitar notar el ceño fruncido en mi rostro. Y entre el bullicio, me puso cuatro séqueles en la mano. Sabía perfectamente lo que esto significaba y, antes que ella pudiera decir otra palabra, yo ya estaba corriendo por las escaleras del departamento. Cualquier cosa que pudiera sacarme de ese lugar —rodeada de tías y tíos que me recordaban lo americanizada que estaba— la aprovechaba sin pensarlo. A tan solo cinco departamentos de distancia se encontraba la tienda del Séquel en todo su esplendor, donde todo costaba solo un séquel. Este era el lugar perfecto donde casi no se necesitaba hablar árabe; tomabas tus artículos, saludabas con un “As-salamu alaykum” americanizado, les dabas tus séqueles y salías. 

Mis compras habituales eran estampas o juguetes que se rompían antes de llegar a casa. Pero ya no era una niña pequeña, era una mujer de 12 años. Así que tomé dos bolsas de papas para repartir entre mis hermanos, un KitKat para mí, y me quedé con un séquel. Mientras recorría los pasillos, visité uno que nunca frecuentaba: el de belleza. Apenas estaba entrando en la etapa de la adolescencia en la que, como mujer, me miraba más seguido al espejo preguntándome qué debería disgustarme de mí misma. Y fue allí que la encontré —un frasco pequeño de esmalte de uñas en el color rojo rubí: un séquel.  

Al tener dos hermanas mayores, mi colección de esmalte de uñas dependía estrictamente de todo aquello que mis hermanas ya no quisieran; todo lo que la revista Tiger Beat considerara “pasado de moda.” Pero este esmalte rojo rubí era solo mío, no lo compartiría, y Tiger Beat no existía en Palestina. Era brillante, con un tono medio rosado, sofisticado, infantil, pero a la vez maduro. Y ¿ya mencioné que era solo mío? 

Era de noche la primera vez que me pinté las uñas. One Direction sonaba en el iPad de la familia mientras intentaba recrear mis veranos en California. Por un momento, me sentí como en casa; el calor del verano cedía el paso al frío de la noche. Pero los sonidos apagados de la televisión me devolvieron a la realidad: Al Jazeera transmitía en directo el reportaje de las últimas mártires. A la vez que soplaba sobre mis uñas para que se secaran, vi la noticia de una niña de tres años asesinada en un ataque aéreo. En una ciudad no tan lejana a la mía, una niña que ahora tendrá tres años eternamente, se fue en un instante. Esto no era California; este era el lugar donde las reglas no aplicaban, donde podían matar a niñas impunemente, sin siquiera un tirón de orejas. Donde el departamento en el que estoy sentada puede ser asaltado por settlers o bombardeado por soldados en cualquier momento. Estaba en casa, pero ¿de verdad lo estaba? Este lugar no me pertenece. Pero mi esmalte rojo rubí sí y ningún settler o soldado me lo quitaría. 

Usé el esmalte rojo rubí hasta que se cuarteó y descarapeló. Se convirtió en la única cosa que me gustaba de mí misma. Cuando vives de una sola maleta durante tres meses, repitiendo los mismos atuendos una y otra vez, te comienzas a sentir como una caricatura. Y cuando tienes 12, lo único que quieres es sentirte como una chica, que el cuerpo cambiante en el que estás sigue siendo tuyo. El esmalte de uñas hizo esto posible. Una microscópica forma de agencia que parecía disminuir a cada minuto. 

A medida que los ataques del estado se intensificaban, los encierros y restricciones de rutas aumentaban. No podíamos dejar Tulkarem como habíamos planeado. Ciudades como Jerusalén y Belén ya no eran seguras para nosotras. De repente, la tienda del Séquel era el único lugar que podía frecuentar, una cara familiar entre la multitud. Aceptando mi falta de control, busqué lo que pude. En tres meses ya tenía cinco frasquitos de esmalte. Rojo rubí, amarillo sol, verde, rosa chicle y plateado con brillitos. Lo aplicaba, se descarapelaba, reaplicaba y repetía el proceso una y otra vez. Y en medio de estos esfuerzos, los asesinatos continuaron. 13 personas palestinas fueron asesinadas en la ciudad de Hebrón, a una hora de mí, y yo aquí pintándome las uñas. Las personas palestinas poseen una habilidad para coexistir con la muerte que nunca he visto replicada. Vender fruta tan solo unas horas después de haber enterrado a un ser amado; limpiar los escombros de su casa demolida o bombardeada; alisar la alfombra, barrer el desastre e invitar gente a tomar el té una hora después. La muerte no era un ente de túnica negra y guadaña tomándoles por sorpresa; la muerte era un vecino. Para algunos, era un regalo. 

No podía controlar qué casa en Gaza era bombardeada, qué hogar en Cisjordania era demolido o asaltado. Tampoco podía controlar quién era asesinada, secuestrada o arrestada. Pero sí podía controlar si es que quería uñas color rosa chicle con una capa de brillitos plateados en una mano y verde en la otra; si prefería guardar el amarillo sol para otra ocasion o pintarme cada dedo de un color distinto. La experiencia de ser una chica en Palestina existe; no desaparece con la presencia de soldados, permanece, encontrando rincones y recovecos para brillar.   

Para finales de agosto, más de 11,000 personas palestinas habían sido heridas y 3000 estaban muertas. Borradas del registro del ministerio de salud, sin posibilidad alguna de ser defendidas ante el derecho internacional, únicamente lloradas por sus familiares sobrevivientes, si es que quedaba alguien. Me preguntaba cuántas de esas 3000 personas eran niñas de 12 años, si estaban nerviosas por empezar la secundaria como yo y si escuchaban a One Direction. ¿Discutían con sus hermanas? ¿Qué color de esmalte usaban? ¿Cuál era la diferencia entre una niña de 12 años en Palestina y una en Estados Unidos?

Ya no quedan muchas niñas de 12 años vivas en Palestina.     

Cuando hacíamos nuestras maletas nos dimos cuenta de que teníamos poco espacio. Habíamos preparado frascos de aceite de oliva, hierbas y especias endémicas, y mantas que olían a casa para llevarnos. Mientras mi mamá luchaba para cerrar el cierre de mi maleta, sujetando mis cinco frascos de esmalte, se hizo evidente. No volverían conmigo de regreso a California. Habíamos alcanzado el máximo de capacidad de peso y líquidos.  

Sollozar parecía una frivolidad pero tener que dejar ir la única cosa sobre la que tenía control se sintió como un golpe bajo. Palestina, a la que le habían arrebatado todo, iba a quitarme mi esmalte de uñas. De todo lo que se pudo haber llevado, mis cinco frasquitos eran suyos ahora. Solo para que yo los pudiera volver a visitar si la guerra lo permitía. 

سنحصل لك على نفس الألوان عندما نعود إلى 

Te conseguiremos los mismos colores cuando volvamos a casa, Haya.   

Me dice mi mamá. Pero no se trataba de eso. California tenía todo el esmalte de uñas que una chica pudiera desear, pero no mi esmalte. Los esmaltes que me gané, ¡los que pagué con los séqueles que robaba del bolso de mi mamá! Esos eran míos. En un estado en el que nada era mío, esos cinco frascos lo eran. Durante todo este tiempo me preocupaba que un settler irrumpiera en casa y se los llevara, pero de quien debí preocuparme todo el tiempo era de Palestina.

Los coloqué sobre el vestidor, los junté, salí por la puerta, me subí al taxi y emprendí el viaje de ocho horas en coche, seguido por el vuelo de cinco horas y, finalmente, el vuelo de 15 horas de vuelta a casa. Empecé la secundaria una semana después, y cuando pasamos de una en una en el salón a contar lo que hicimos en el verano, me quedaba mirando el rojo rubí de mis uñas que se iba cuarteando hasta desaparecer, para nunca ser reaplicado otra vez.    

11 años después, esos frascos de esmalte de uñas, aun sobre el vestidor donde los dejé, son el último vestigio de mi existencia en Palestina. Mi toque final.    

Y cuando Palestina desaparezca, cuando Cisjordania sea anexada inevitablemente, y Gaza se convierta en un centro inmobiliario para los Kushners. Cuando arranquen los olivos de raíz y empiecen de cero, cuando las excavadoras y las bombas destruyan los hogares, espero que esos cinco frascos de esmalte de uñas se rompan y salpiquen todos los escombros. Y espero que manchen también. Espero que cuando los settlers se instalen y vean el rojo rubí y el plateado brillante salpicado sobre el concreto, les moleste. Espero que se arrodillen, sudando, intentando limpiar en vano. Y cuando inevitablemente se den por vencidos como los cobardes que son, que sepan que yo estuve allí, entre las mareas del Mediterraneo y el Mar Muerto. Háblales de la tienda del Séquel, de los caminos que recorrí. Háblales de mí. Prueba de vida. Prueba de una Palestina.   

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